La heroína del Metílico

Si hay una mujer que merece el reconocimiento de la sociedad por haber salvado a miles de personas de morir envenenadas esa es María Elisa Álvarez Obaya, (Villaviciosa, 1934-Las Palmas, 2010), la joven farmacéutica asturiana que en 1963, desde su modesta farmacia en un pequeño pueblo de Lanzarote, descubrió el mayor fraude mortífero por bebidas adulteradas con alcohol metílico. Ella es la “heroína del metílico”.

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María Elisa Álvarez Obaya, trabajando en su laboratorio.

En 1962, poco después de terminar su carrera de Farmacia —que estudió en las universidades de Santiago de Compostela y Barcelona—, Elisa Álvarez se trasladó a Lanzarote, en concreto al pueblo de Haría, situado en la parte norte de la isla a 28 kilómetros de Arrecife. En aquella época Haría contaba con una población de cinco mil personas, repartidas en una comarca constituida por los pueblos de Máguez, Mala, Yé, Tabayesco, Guinate, Arrieta y Órzola.

Elisa se hizo cargo de la farmacia tras la muerte de la anterior farmacéutica, y cuando el trabajo se lo permitía dedicaba parte de su tiempo a preparar la tesis de su carrera, y en concreto, al estudio de los alcoholes, realizando diversos experimentos en el modesto laboratorio de la farmacia.

En la primavera de 1963 comenzaron a morir varias personas de forma casi repentina: tras quedarse ciegos y pasar varios días con fortísimos dolores abdominales fallecían sin remedio, sin importar que fueran jóvenes, ancianos, hombre o mujeres. María Zerpa, la sepulturera del pueblo, fue una de las primeras víctimas y su muerte impactó a Elisa, pues conocía el magnífico estado de salud que tenía María Zerpa.

Una tarde Elisa pidió a su amigo Hermenegildo que fuese a la tienda del pueblo a comprar conservas y botellas de licores, ante la sospecha de que las muertes pudieran estar relacionadas con un envenenamiento: ella sabía que la principal voz de alarma de un veneno es que ataca el nervio óptico. Las conservas resultaron estar en buen estado, pero una botella de aguardiente delató la tragedia. Una y otra vez Elisa repitió las analíticas y no salía de su asombro al comprobar que la mezcla de sustancias daba siempre el mismo resultado: color violeta. Ese el signo inequívoco de que se trataba de Alcohol Metílico, una sustancia que se empleaba para fabricar barnices, pinturas y combustible de aviones, pero nunca para elaborar licores para consumo humano.

Inmediatamente, Elisa avisó a las autoridades y enseguida se ordenó paralizarla venta y decomisar todas las bebidas alcohólicas en la isla, si bien ya se habían producido algunas muertes más en Lanzarote y La Gomera y ya llegaban noticias de que en Galicia había también algún caso de envenenamiento.

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Elisa Álvarez recibe la Medalla Carraído (1965). (Diario: La Nueva España)

Por tan valiosa labor humanitaria Elisa Álvarez Obaya fue condecorada y destinada a la Jefatura de Sanidad en Las Palmas de Gran Canaria, y recientemente en Asturias la Asociación “Sentido Común” ha propuesto que se le dedique una calle a Elisa Álvarez Obaya, al igual que a Severo Ochoa y otros personajes ilustres que han realizado a lo largo de su vida un gran trabajo de ayuda a los más necesitados.

Es incalculable el número de muertes que evitó con su abnegación Elisa Álvarez, sin embargo no pudo evitar que un número importante de personas sucumbiesen a la tragedia. El “Caso del Metílico” forma parte ya de ese deleznable grupo de tragedias inventadas por el hombre, sólo superadas por las guerras y las grandes catástrofes naturales. La bebida asesina pudo provocar miles de muertos en el año 1963, según las estimaciones del fiscal Fernando Seoane Rico, si bien, las investigaciones judiciales se basaron únicamente en las pruebas obtenidas de la exhumación de cincuenta cadáveres, en los que se hallaron restos de alcohol metílico en sangre. Una cifra ridícula a tenor de la envergadura de los hechos y los datos oficiosos, según los cuales cientos de desgraciados cayeron fulminados tras ingerir el venenoso licor en Galicia, Canarias, Madrid, Cataluña, País Vasco, Guinea Ecuatorial y el Sahara español.

En aquellos primeros meses de 1963 algo inexplicable estaba provocando extrañas muertes en el rural gallego y en canarias; pero nadie era capaz de aventurar su patogenia. En un primer momento se pensó en aneurismas cerebrales o en una epidemia de meningitis. Marineros de Arrecife de Lanzarote fallecían en pocas horas, al igual que decenas de  campesinos de la comarca de Carballiño, pero ni el más avezado de los investigadores había pensado en hermanar ambos episodios.

En las primeras semanas de marzo de 1963, las sospechas de un masivo envenenamiento comienzan a cobrar cuerpo entre aquellas personas que en Lanzarote están más en contacto con los ambientes sanitarios, si bien, todavía no se puede afirmar a ciencia cierta que las coincidentes muertes de tres personas están relacionadas con una determinada bebida. Aún planea la duda de alimentos en mal estado. Hasta que el 14 de marzo, dos vecinos se quedan ciegos y otro fallece al día siguiente en circunstancias idénticas: María Zerpa, luego de padecer los mismos síntomas que sus antecesores.

Uno de los hombres que sufrió ceguera, Ignacio Brito Quintero, relató al juez:

—Ese día debí de tomar unas seis copas, tres por la mañana y tres por la tarde. Pero no empecé a encontrarme mal hasta llegar a casa. De pronto me faltó la vista y mi familia me dio chocolate para comer, pero lo vomité. Luego quise encender una vela y ya no pude porque no veía nada. Entonces me asusté de verdad —declaró.

Él y su compañero Emiliano fueron las únicas dos personas que, como vulgarmente se dice, vivieron para contarlo, al menos que se tenga constancia oficial en los documentos referidos al caso y recogidos en Lanzarote. Tras un periplo por las consultas de los mejores médicos de Las Palmas, que les recetaron pastillas, inyecciones y supositorios, ambos heridos lograron recuperar débilmente la visión, aunque arrastraron consigo durante el resto de sus vidas una manifiesta incapacidad, producto de la irreversible lesión que la bebida ingerida aquel 14 de marzo de 1963 les produjo en los nervios ópticos.

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Elisa Álvarez, posa en su laboratorio, durante una de las pocas entrevistas que concedió. (Diario: La Nueva España).

Ya no había, pues, lugar para la casualidad. Eso fue lo que pensó Elisa Álvarez. No era normal que cuatro personas muriesen en idénticas circunstancias y que otras dos resultasen ciegas en menos de un mes, en una isla que si algo tenía de característico era la envidiable tranquilidad que se disfrutaba. Por aquel entonces, pescadores y campesinos, industriales y obreros vivían al margen de cualquier zozobra, catástrofe o penuria económica mayor que la que habitualmente tenían que soportar.

Por eso Elisa decide investigar por su cuenta y comienza por tomar unas muestras de aguardiente en la tienda y en el bodegón de Francisco Pérez Pacheco, del que eran clientes algunas de las víctimas. Las presiones que debió soportar entonces esta joven farmacéutica son fáciles de adivinar. Intentar arrojar luz sobre cuatro muertes ocurridas en una pequeña aldea, sobre las que nadie aventuraba un diagnóstico clarificador, no era sencillo; máxime si las sospechas recaían sobre un producto alimenticio. La presión que, en este caso, podrían ejercer comerciantes, almacenistas, mayoristas, transportistas…, era demasiado fuerte para una farmacéutica interina, que, para mayor abundamiento, no era no canaria.

Sin embargo, Elisa Álvarez soslayó dificultades y concluyó sus incipientes investigaciones en la rebotica de su farmacia: “El aguardiente que vende Pérez Pacheco contiene alcohol metílico”. Así lo hace constar en un informe que elabora el 21 de marzo de 1963 junto con el médico del pueblo e inspector municipal de sanidad de Haría; informe que se remite al ayuntamiento para que lo curse por los cauces reglamentarios al Juzgado de Instrucción de Arrecife, con el fin de que su titular instruya diligencias. A buen seguro, la farmacéutica desconocía la magnitud del descubrimiento y las posteriores consecuencias que éste iba a traer, y más desconocía aún que su denuncia llevaría a las autoridades hasta Vigo (lugar donde fue embarcado el aguardiente), Ourense (donde se almacenaba la materia prima), Madrid (donde se adquiría el alcohol metílico), e incluso a Asturias, su tierra, en donde fue adquirido el primer cargamento de alcohol isopropílico, a partir del cual el bodeguero ourensano Rogelio Aguiar comenzó a montar un castillo de naipes que acabó derrumbándose por el peso de los cadáveres.

Elisa Álvarez Obaya analiza las muestras obtenidas de los garrafones y, tras hallar un alto grado de alcohol metílico en la composición del ron (nombre con el que en Canarias definían al aguardiente) decide suspender la venta de este producto en todos los establecimientos que se dedican a este ramo en Haría. Ese mismo día, el juez de Arrecife, Ramiro Baliña Mediavilla, ordena la apertura de un sumario (el 25/63) por un presunto delito contra la salud pública, y decide comenzar las investigaciones tomando declaración a los familiares de las víctimas, a los expendedores y mayoristas de las bebidas y decreta la exhumación de los cadáveres para la práctica de las correspondientes autopsias.

 Elisa Álvarez había dado ya el primer paso, y lo que podría haber magnificado la tragedia en la isla: la venta en su totalidad del contenido del bidón de 16 litros, sufre un repentino frenazo. La casualidad hacía tiempo que había dejado paso a la evidencia y la farmacéutica se afana por no equivocarse. Una y otra vez repite los análisis por el método Deniger y siempre obtiene el mismo resultado: metílico. Sin embargo, para cerciorarse, lleva algunas muestras a la Jefatura Provincial de Sanidad para que sean analizadas por otros métodos científicos, uno de ellos basado en la destilación. La conclusión es la misma: reacción positiva al alcohol metílico.

El trabajo de Elisa Álvarez Obaya será considerado  con el paso de los años como trascendental para frenar la cadena de envenenamientos provocados por el metílico. Ella, modesta y sencilla, como la definen las crónicas de la época, restaba importancia a su hallazgo y decía “que era su trabajo”. En una entrevista publicada en el Diario Montañes en abril de 1963 cuenta cómo llegó a la convicción de que la población estaba consumiendo bebidas envenenadas:

—Mis investigaciones se iniciaron como consecuencia de un creciente rumor público. En Haría se hablaba por todas partes de la muerte de varias personas y de la pérdida de visión de otras, por haber bebido ron en malas condiciones. Por aquellos días, mientras celebraba una tertulia en casa de una familia amiga, comentamos un caso ocurrido en 1914. En aquel año, me aseguraron, aparecieron en la costa norte de Lanzarote algunos barriles de ron procedentes de Cuba, tal vez de algún buque hundido durante la Primera Guerra Mundial, que por aquellas fechas atemorizaba al mundo. Varios hombres que bebieron de aquel ron, fallecieron y otros quedaron ciegos. Entonces no esperé más. La idea me preocupaba hasta el punto de convertirse en obsesión e inmediatamente comencé a indagar.

—Mis primeras investigaciones —prosigue la farmacéutica— se encaminaron a determinar si los tres vecinos muertos en Haría y los dos que quedaron privados de visión eran bebedores habituales de ron. En un establecimiento detallista me confirmaron que los cinco habían bebido o adquirido allí dicho licor. Sin pérdida de tiempo, informé al alcalde y le expuse mis sospechas. Él me facilitó un automóvil e hizo que me acompañara un guardia, para efectuar un rápido recorrido por todos los rincones del municipio. Había que suspender la venta de ron a granel. El hecho de tomar la decisión precisamente ese día se debió a que era sábado, una jornada que junto con el domingo se prestaba a una masiva asistencia de bebedores a bares y cantinas; y por ello, quien evita la ocasión se ahorra el peligro…

Todos quienes la conocieron coinciden en que Elisa Álvarez se dedicaba a su trabajo con entera profesionalidad; de ahí, quizás, su indiferencia cuando se le pregunta si con su rápida actuación se evitó la aparición de nuevos y graves casos. Ella responde:

—Eso realmente no puedo saberlo. Lo que sí es cierto es que una vez dada la voz de alarma comencé mi trabajo en el laboratorio, a pesar de no disponer de muchos medios a mi alcance al residir en un pequeño pueblo. Aquí, el laboratorio que existe se dedica a las analíticas habituales y de mero trámite. Pero eso no me impidió descubrir la posible causa de las muertes: aquel ron contenía, sin duda, alcohol metílico. Más tarde, pudo ser verificado con otros análisis en la Inspección Farmacéutica de Las Palmas; aunque tengo que aclarar que nos movemos en el campo de la sospecha, porque debe ser la autoridad judicial la que obtenga los informes médicos y se encargue de esclarecer lo que todavía aparece como una gran incógnita.

Pese a su cautela ante la opinión pública, la farmacéutica sabe a ciencia cierta que el metanol es el causante de la debacle. De regreso a Lanzarote, y por recomendación de la Jefatura Provincial, precinta todo el ron a granel que está a la venta en los establecimientos de Haría. Uno de los primeros garrafones que analiza en esta segunda fase lleva la inscripción “LeH”, y procede de la casa “Lago e Hijos”, con sede en Vigo. Su contenido da también reacción positiva al alcohol metílico, si bien, antes de certificarlo, efectúa otro análisis por el método de destilación. Mientras tanto, la Guardia Civil continúa sus pesquisas en el pueblo y sus alrededores, tomando declaración a comerciantes y representantes de bebidas. De esta forma, los investigadores logran unir los eslabones de una imaginaria cadena de 28 kilómetros, que es la distancia que separa por carretera Haría del puerto de Arrecife.

Así, de la taberna de Francisco Pérez Pacheco se pasa a Manuel Betancor Romero, intermediario de ultramarinos que le vendió el garrafón de 16 litros que, supuestamente, contenía alcohol metílico. Una vez interrogado éste, se averigua que el venenoso cargamento, junto a otros cinco garrafones de 16 litros, fue adquirido en la capital de la isla el 22 de febrero al mayorista Rafael Díaz Camacho, quien, a su vez, aporta un dato de importancia capital para el desarrollo de la investigación: todo el ron que compra procede de la casa “Lago e Hijos”, de Vigo. El extraño agente que causa la muerte a quienes beben ron a granel en Haría empieza a tener nombres y apellidos, o al menos, se vislumbra una vía para encauzar la investigación. La voz de alerta de que el aguardiente que suministra este fabricante no se encuentra en buenas condiciones no tarda en extenderse.

Entre mayo de 1962 y febrero de 1963 la casa Lago e Hijos despachó a los 14 clientes que tenía en la isla de Lanzarote un total de 12.660 litros de aguardiente de caña; sin embargo, solamente la última partida llegada a finales de enero en el vapor “Segre” era la que contenía aguardiente elaborada con metílico.

El juez de Arrecife prohibió la venta de todo el ron a granel que suministraba la firma gallega Lago e Hijos, una vez conocida la existencia de metanol en las garrafas de la marca “El Teide”. La farmacéutica Elisa Álvarez descubrió, además del contenido venenoso de los bidones, que algunos de estos envases llegaron a puerto sin etiquetas, llevando en su lugar un lacre rojo que indicaba que en su interior se transportaba “bicarbonato sódico”. Por ello, las hipótesis de algunos almacenistas de que el material “perdía” los distintivos por el camino se tambalearon. Entonces, el juez sospechó que determinados cargamentos pretendían introducirse de incógnito en Lanzarote.

Hoy, 26 de febrero de 2016, se cumplen seis años del fallecimiento de Elisa Álvarez y 53 desde que descubriera los envenenamientos del Metílico. Ella se enfrentó a presiones comerciales, política y sociales, atrincherada en su pequeña rebotica del pueblo de Haria y con una única arma para defenderse: la verdad.

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Elisa Álvarez (segunda por la derecha), tras recibir en 1965 el reconocimiento de la Asamblea Nacional de Farmacéuticos (Diario: La Vanguardia).

No le importó el vacío social a la que la sometieron los poderosos ni tampoco que intentasen quemarle la farmacia. Las convicciones y la certidumbre de Elisa eran mucho más fuertes que todo eso. Pero, al mismo tiempo, su humildad le hacía ver las cosas con naturalidad. Por eso, los dos únicos premios que le otorgaron en vida los recibió con la misma modestia que había presidido su labor profesional: en 1965, el reconocimiento de la I Asamblea Nacional de Farmacéuticos con Oficina de Farmacia, celebrada en Lloret del Mar (Girona), y la IX Medalla Carraído, de la Real Academia de Farmacia. Pero han tenido que pasar más de cincuenta años para que los reconocimientos sociales hacia la figura de la farmacéutica del Metílico comenzasen a llegar: en año pasado, 2015, su villa natal de Villaviciosa organizó un emotivo homenaje para dar su nombre a una plaza, y en las próximas semanas el pueblo de Haría colocará una placa en la casa donde estuvo ubicada la farmacia en la que Elisa hizo sus investigaciones sobre el veneno del metílico, un acto que servirá de homenaje también a las victimas de esta tragedia y a sus familias.

Reconocimientos que siguen siendo insuficientes para poner en valor a una mujer que habló siempre a través de su inteligencia. Por eso es necesario que no se olvide que una vez, en los años sesenta del siglo XX, la alarma social salió de su letargo, alterada por el padecimiento de unas personas condenadas a muerte porque decidieron tomar una copa de licor elaborado con alcohol metílico. Y que se sepa también que una mujer, Elisa Álvarez Obaya, lo dio todo para salvar con su trabajo, su tesón y su profesionalidad a miles de personas de una muerte segura.

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Elisa Álvarez en sus últimos años de vida. (Foto: La Provincia de Las Palmas)

Quizás ella hubiese preferido que su recuerdo permaneciese oculto en las sombras de aquella humilde botica. Sin embargo, la luz que arrojó para esclarecer este crimen, el mayor envenenamiento masivo ocurrido en España y cuyo proceso fue mayor que la Causa General de la Guerra Civil, bien merece resplandecer. Es el faro que guía a la gente de bien. Una linterna que nunca debe apagarse.

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Fernando Méndez